VERÁN

Durante a miña primeira adolescencia fun feliz e daquela non o sabía. A culpa —ou o milagre— foi dunha rapaza que aínda lembro: Maite. Non sei se chegou a entender o efecto que provocaba ao achegarse, ao rir, ao mirarme coma se o mundo fose algo sinxelo que se podía compartir.

Foi ela quen me espertou. Quen me sacou do recuncho tímido onde os rapaces adoitan agocharse cando o corpo comeza a cambiar e todo parece demasiado novo.

Ao seu carón o medo non tiña demasiado espazo. As palabras saían cunha naturalidade que despois tardaría anos en volver atopar. Eu falaba, camiñaba, mesmo soñaba cunha levidade que agora me parece case irreal.

Non ocorreu nada extraordinario. Non houbo grandes promesas nin xestos memorables. Só a sensación limpa de que unha rapaza podía mirarme e atopar en min algo suficiente.

E así descubrimos os nosos corpos. E durante un tempo —breve, luminoso— eu tamén o crin. 

PROMESAS

Gatear como un neno nun berce inexistente. Urdir un intre de xúbilo. Agochar a miña cicatriz infinita. Gozar dun entroido de corpos extraviados. Encher as miñas mans baleiras e inaprensibles. 

EL DESEO CARNAL

El deseo carnal llega a mí como una tormenta de verano: rápido, caliente, inevitable. Pero el desamor se hace cargo de todo y deja en mí un frío lento, persistente, como una sábana húmeda que no hay manera de secar. Y empapa mis miserias como si nadie quisiera visitarme. La fiesta nocturna donde el sudor, el alcohol y la niebla se mezclan hasta formar una única sustancia que no se puede explicar, sólo vivirla al máximo. Entonces, tu cuerpo caliente y vivificante, esa madrugada de verano, refrescará mi cuerpo enardecido de soledad. Y me dices que deje que el orballo reconforte mis ansias, que no quiera una misericordia de cuerpo desnudo porque al final, cuando duerma en tus brazos, me saciarás plenamente. 

IMAXINADO

O amor imaxinado é un refuxio xélido, pero non pode ser rexeitado por ninguén. E así fun acumulando invernos baleiros e fríos. Ata que un día aprendín a estar so e  entendín algo: cada novo inverno fai máis longo a ferida da soidade. E ás veces abonda a curación dunha pequena chaga para que o xeo comece a derreterse. 

LA MEMORIA

La memoria, hija bastarda de la verdad, rara vez me visita cuando la clarividencia se apodera de mí. Aparece como un rastro, como algo que permanece cuando el tiempo ya ha pasado lentamente sobre las vivencias y ha dejado su indeleble huella. Es malvada porque no siempre guarda lo que debería, guarda lo que ella quiere. A veces protege aquello que creíamos perdido y, en cambio, deja escapar como pájaros que no quieren jaula lo que pensábamos que permanecería siempre. Estos poemas nacen del territorio incierto de una biblioteca que pierde volúmenes cada noche. No intentan reconstruir una historia ni explicar el pasado porque ese mapa ya no tiene caminos. Son fragmentos. Instantes que quedaron suspendidos en la piel de lo vivido. Momentos que no terminaron de extinguirse y que regresan, de pronto, con la forma difusa de una mirada, de una voz cercana, de una cálida mano, de un gesto que vuelve sin pedir permiso. Quizá la memoria sea justamente eso: un lugar donde lo que alguna vez ardió continúa dejando señales como las hojas en otoño. No fuego ya… sino una tibieza persistente, como la ceniza que todavía guarda calor cuando uno se acerca lo suficiente. Los textos que siguen no pretenden descifrar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Solo se acercan a ellas con cuidado, casi como quien roza algo frágil con los dedos, sabiendo que toda memoria es incompleta y que, incluso en sus silencios, permanece algo vivo que todavía quiere ser escuchado.