POEMA EN PROSA INTRODUCTORIO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir.

ANSIEDAD

Estoy asfixiado por la ansiedad y mi viejo deseo de ti se ahoga en el mar con una mano vacía y otra llena de perversa fortaleza. Quiero que no me perforen los nervios, esos buriles de hierro que habitan en mi alma desde tiempos inmemoriales y que me clavan los sentidos en una romería de cuerpos desnudos y camas yermas que de nuevo se ahoga en el mar. 

OTRA VEZ

Quiero que me invites a un placer sin nombre, clandestino, de esos que no dejan huellas, pero abren mil puertas para que nuestros cuerpos pierdan el norte y suban, cegados, a una cima de goces invisibles. Y tú me repites que la delicia de esa gloria solo la conoceré contigo, que será un goce secreto, un pacto de piel y saliva. Mi fidelidad a la soledad es tan feroz, tan limpia, que no veo nunca el sol, que para mí siempre llueve. Y yo sigo aquí, empapado de espera. 

NOCHE CERRADA

Es noche cerrada y no veo, como siempre, el camino que me lleva a ti. Siempre es de noche, siempre sin luz para que mis ojos se pierdan en un laberinto de soledades y no puedan mis labios besarte con la fuerza de mi sangre. Despierta, mujer, despierta, que la lluvia que estás viendo servirá de lecho cuando tú y yo seamos uno. 

LLOVIENDO

Hoy la oscuridad es absoluta, como si el mundo se cerrase sobre sí mismo y solo quedase el ruido de la lluvia interior. Llueve en los recuerdos, en las preguntas sin respuesta, en las palabras que no encuentran salida. Pero, aun así, algo permanece encendido, pequeño y terco, como una luz que no sabe apagarse. La esperanza no hace ruido: aprende a quedarse, a respirar hondo, a esperar su momento. Sé que el día existe incluso cuando no se ve, porque ya ha vuelto otras veces. Cada nube lleva dentro el cansancio de tanta agua y también la promesa del cielo abierto. No es debilidad esperar, es una forma de valentía silenciosa. Sigo avanzando a paso lento, sosteniendo el corazón con las dos manos. La lluvia no dura para siempre, por más convincente que parezca hoy. Y cuando menos lo espere, me dicen, la luz encontrará el camino y el día despejará.