«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

GRITO DE NOCHE

Grito en la noche para que me oigas tú.

Grito cuando la casa se queda demasiado grande y el silencio pesa más que los muebles. Grito mientras los pájaros se posan en mi ventana y me miran con esa paciencia antigua que tienen las criaturas que no esperan respuesta.

Tú no me escuchas. O quizás sí, pero desde lejos.

Y mi voz se queda suspendida en la oscuridad como una cuerda que nadie sujeta.

Grito no para que vuelvas, sino para que no se apague lo que siento. Grito para recordarme que aún estoy aquí, que aún amo, que aún me duele tu ausencia como si fuera un órgano más del cuerpo.

Los pájaros inclinan la cabeza. Ellos sí escuchan. Ellos sí recogen el eco. Y convierten mi vida hambrienta en un sufrimiento que brilla. Porque hay dolores que iluminan, aunque quemen.

Grito cuando la madrugada parece no tener fin. Grito para no convertirme en piedra.

Grito porque amar y callar al mismo tiempo me desgarra.

Si alguna vez me oyes, no busques reproche en mi voz. Es solo necesidad.
Es solo amor intentando no morir en silencio.

Grito en la noche hasta que el alba empieza a borrar mi voz y me quedo, otra vez, solo con el latido. 

EL DESEO CARNAL

El deseo carnal llega a mí como una tormenta de verano: rápido, caliente, inevitable. Pero el desamor se hace cargo de todo y deja en mí un frío lento, persistente, como una sábana húmeda que no hay manera de secar. Y empapa mis miserias como si nadie quisiera visitarme. La fiesta nocturna donde el sudor, el alcohol y la niebla se mezclan hasta formar una única sustancia que no se puede explicar, sólo vivirla al máximo. Entonces, tu cuerpo caliente y vivificante, esa madrugada de verano, refrescará mi cuerpo enardecido de soledad. Y me dices que deje que el orballo reconforte mis ansias, que no quiera una misericordia de cuerpo desnudo porque al final, cuando duerma en tus brazos, me saciarás plenamente. 

LA MEMORIA

La memoria, hija bastarda de la verdad, rara vez me visita cuando la clarividencia se apodera de mí. Aparece como un rastro, como algo que permanece cuando el tiempo ya ha pasado lentamente sobre las vivencias y ha dejado su indeleble huella. Es malvada porque no siempre guarda lo que debería, guarda lo que ella quiere. A veces protege aquello que creíamos perdido y, en cambio, deja escapar como pájaros que no quieren jaula lo que pensábamos que permanecería siempre. Estos poemas nacen del territorio incierto de una biblioteca que pierde volúmenes cada noche. No intentan reconstruir una historia ni explicar el pasado porque ese mapa ya no tiene caminos. Son fragmentos. Instantes que quedaron suspendidos en la piel de lo vivido. Momentos que no terminaron de extinguirse y que regresan, de pronto, con la forma difusa de una mirada, de una voz cercana, de una cálida mano, de un gesto que vuelve sin pedir permiso. Quizá la memoria sea justamente eso: un lugar donde lo que alguna vez ardió continúa dejando señales como las hojas en otoño. No fuego ya… sino una tibieza persistente, como la ceniza que todavía guarda calor cuando uno se acerca lo suficiente. Los textos que siguen no pretenden descifrar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Solo se acercan a ellas con cuidado, casi como quien roza algo frágil con los dedos, sabiendo que toda memoria es incompleta y que, incluso en sus silencios, permanece algo vivo que todavía quiere ser escuchado. 

VERBOS

Porfío por un ya imposible. Huelo gratuitamente el olor a jazmín de tu lejana piel. Hablo contigo en silencio en el regazo de una luz otoñal. Pervierto los sueños que se centran en tus pechos y desnudo mi cuerpo en espera de un sexo que me dé un soplo de paz. 

FRACASO

Se amaron en secreto, como dos luciérnagas en un frasco. Brillaban sin que nadie los viera, escondidos del mundo, protegidos por la oscuridad. Su amor era pequeño pero intenso, como una chispa que no necesitaba testigos para arder. Pero el frasco se rompió, y la luz se dispersó sin rumbo.