«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

UNA CALLE DE MADRID

Camino por una calle que no existe en este Madrid mojado. Es mi forma de pensar en ella sin romperme. Cada paso trae una pregunta que no sé contestar. La tristeza siempre llega primero, como una sombra que se adelanta. Es la tristeza de lo que no fue, de lo que callé, de lo que ya no tendrá lugar. Pero luego, sin avisar, aparece una alegría pequeña: imaginar su sonrisa, recordar un gesto que quizá inventé, una mirada que tal vez nunca ocurrió. Y esa chispa mínima, esa luz que dura un instante, me basta para seguir caminando. 

LA SAUDADE

La añoranza y la saudade son el hilo que cosen todos mis sentimientos. La saudade, esa palabra nuestra que no necesita traducción, es la que mejor explica lo que me pasa: la presencia de una ausencia, el calor de un recuerdo que no se apaga, la herida dulce de algo que no volverá, pero que tampoco quiero olvidar. La playa de A Lanzada, con su terminable horizonte, es el escenario perfecto para esta mezcla de emociones que me acompañan desde hace tanto tiempo. 

AUSENCIA

Ausencia es ver como la oscura nieve golpea con blanca crueldad y saña, una vez finalizada, la ardiente caricia que extendiste por todo mi cuerpo. De esta manera verás cómo quedan nuestros cuerpos desnudos sobre un solitario lecho de ácido placer, y tu perfil, entre mil sombras acariciado, desaparece cubierto del sudor de nuestras almas. Entonces, mi cuerpo llora tu ausencia repleto de soledades.

ANHELOS ÍNTIMOS

Tú no has visto nunca la luna llena, me dijiste una madrugada. Yo te contradije, y después de ver nuestros cuerpos desnudos a la luz de la guardiana de las estrellas, puse mi mano en tus senos, los acaricié con parsimonia, me acerqué a besarlos y tú sonreíste al ver erectos tus pezones. Me quedé con los labios congelados cuando me dijiste que no habría otra noche así, que ella no estaba de segundo plato. Y después de mirar con desprecio al disco de plata suspendido en el cielo te tumbaste encima de mí a merced de tus anhelos más íntimos.

LA ENVIDIA

Dicen que la envidia es tristeza por el bien ajeno, pero en tu caso parece una profesión a tiempo completo. No te duele mi suerte, te duele que no sea la tuya. Me miras como quien mira un error del universo. Tranquilo, si pudiera, también te daría algo… aunque solo fuera un motivo menos para odiarme.