POÉTICA

Escribir poemas en prosa y la conversión a esta forma de toda mi obra literaria no es solo una elección técnica. Es una forma de hablar sin corsé, de dejar que la emoción marque el ritmo, y no el verso. Es escribir como quien cuenta una historia junto al fuego: con pausa, con verdad. Porque hay versos que no saben a poema, y hay sentimientos que piden un camino amplio, como los que cruzan la sierra sin mirar atrás.

La prosa poética es ese camino. Para quien ve poesía en un vistazo, en un recuerdo, en una canción que se pierde entre las piedras. Para quien sabe que la belleza siempre toca.

Aquí, en este Poetario, y con el recuerdo de Galicia, aprendo a contarlo todo con la sal y con la brétema de la vida. En mi poesía río, lloro, suplico, admiro, bailo, envidio, añoro, canto… incluso cuando llueve en mi corazón. Escribir así es también eso: una forma de galleguidad desde Madrid, de hacer de la palabra un refugio, de expandir el verso en la prosa, de digerir todo tipo de emoción hasta que se vuelve ritual. La piel que habla de mí no necesita sílabas para emocionar. Solo necesita verdad. Y tiempo para que tú la leas solo o en compañía. 

LA MANO IZQUIERDA

Escribo con la mano izquierda porque es la que piensa diferente. No me enseñaron a usarla al principio: fue ella quien se impuso cuando era un chaval, como un río que no quiere seguir el cauce marcado. La izquierda no es solo mano: es memoria, es resistencia, es una forma de tocar el mundo al revés. Mientras otros escriben hacia fuera, yo escribo hacia dentro, dibujando letras que nacen del lado olvidado del cuerpo. Cada trazo es una pequeña rebelión, cada palabra una forma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Porque la mano izquierda no obedece: crea. Y en su pulso va mi verdad. 

GALICIA

Verde hierba. Mar total. Tierra mojada. Piedra milenaria. Saudade ancestral. Brumas intactas. Irrepetibles camelias. Sombras desnudas. Milagroso paisaje. Celestial marisco. Perfecta lluvia. Sagrada calma. Inmortal corredoira. Infinita belleza. Bendita niebla. Incomparable costa. Gloriosa gastronomía. Irrepetible hospitalidad. Radiante soledad. Fecunda ausencia. Melancólico sueño.

LO QUE VENGA

Ahora que el reloj ha dejado de marcarme las horas ajenas, se abre ante mí un tiempo sin dueño, un territorio blando donde la morriña es bruma y también semilla. No quiero hablar de lo que termina, sino de lo que brota: una vida que respire a mi compás, donde las palabras sean casa y refugio, y escribir no sea tarea sino necesidad, como quien enciende la lumbre en las tardes húmedas. Que el futuro no me sea ingrato, que me trate con la delicadeza con que se sostiene una taza de porcelana heredada, y que la salud me acompañe como un río manso que no hace ruido, pero da vida. Que no haya envidias que envenenen el aire ni sombras que me roben la luz, y que la soledad emocional no me carcoma por dentro como la polilla en la madera antigua. Quiero sentir que cada amanecer es una página en blanco que me pertenece, que puedo llenarla con el latido sincero de lo que fui y de lo que todavía deseo ser. Si la morriña llega, que llegue dulce, como un recuerdo que aprieta, pero no ahoga; y que en el silencio encuentre no un vacío, sino un espacio fértil donde seguir creciendo, escribiendo, viviendo a mi manera, sin miedo y con esperanza. 

TU PIEL

Tu piel fue la primera geografía que aprendí a leer sin mapas. No tenía fronteras, solo ondulaciones suaves, como el despertar de mi niñez al amanecer. Era piel de niebla y de fuego, piel que guardaba la sal de las lágrimas que nunca lloré, piel que sabía a hierba mojada y a pan de maíz recién cocido.

Cuando te acercabas, el tiempo te hacía reverencias. Las horas dejaban de contar, y los días se convertían en canciones sin letra. Tu piel me hablaba sin palabras, con una tilde que solo entendían quienes sueñan con las manos.

Era piel de fiesta y de luto, de romería y de invierno. Piel que sabía esperar sin pedir nada.

Ahora que eres recuerdo y viento, sigo buscando el aroma de tu piel en las páginas de los libros viejos, en las piedras calientes del mediodía, en las voces que se cruzan en la memoria. Y a veces, cuando el sol se reclina sobre el mar, creo sentirla otra vez: esa piel que fue casa, que fue refugio, que fue poema antes de que yo supiera escribir.