PROMESAS

Gatear como un niño en una cuna inexistente. Urdir un momento de júbilo. Ocultar mi cicatriz infinita. Gozar de un carnaval de cuerpos extraviados.  Llenar mis manos vacías e inaprensibles y nunca rechazar el placer de una piel femenina. 

RADIOGRAFÍA DE UN INSTANTE

Cuerpo anímicamente desnutrido y predestinado. Espinazo carente de sensaciones. Paradoja anclada en el jardín de mi infancia. Latidos que revelan destrucción e impotencia.  Lecho de ángeles de ceniza. Alma de violetas clandestinas y un sinfín de carencias que velan mi realidad. 

ME GUSTARÍA…

… disfrutar de una sonrisa, sea ésta joven o ya madura, liberarme de la tristeza con la fuerza de un titán, quemarme en el horno de una ausencia, deshabitar la floración de mi soledad y plantar un árbol que sea compañía y no sólo sombra. 

AQUELLA TARDE

La tarde cae despacio sobre la mesa de aquel bar. Dos copas vacías, algunos recuerdos y un imposible que nos empeñamos en que sea real. Tú hablas de nuestros sentimientos como el marinero que come a nuestro lado habla de la mar: a veces están en calma y reflejan el cielo con claridad, y otras veces se agitan en tormentas que parecen interminables. Y yo, crédulo e infeliz, asiento con firmeza. No quiero saber que en este mismo momento te estoy perdiendo. 

DESEO

Mi sombra se ríe de mí, con esa ironía silenciosa que parece conocer todos mis secretos, y me dice que el cuerpo los olvida con el tiempo. Pero no es cierto, porque basta con pensarte un instante —recordar tu piel, tu respiración, la manera en que te acercabas sin prisa— para que algo dentro de mí despierte. Entonces mi mano recuerda antes incluso de que lo decida mi mente, y comienza a moverse lentamente, con un ritmo antiguo y natural, como la marea que avanza y retrocede sin pedir permiso. Poco a poco el cuerpo vuelve a latir con una intensidad que creía apagada, y cada recuerdo se vuelve más claro: tu boca, tu lengua, la noche en que nuestros cuerpos se buscaron con urgencia mientras el resto del mundo desaparecía alrededor. Mi sombra intenta detenerme, intenta convencerme de que todo eso pertenece al pasado, pero el deseo ya ha comenzado a caminar y no escucha advertencias. La habitación parece arder despacio, como si el aire mismo estuviera cargado de una electricidad suave, y dentro de mí crece una ola que no deja de elevarse. Cierro los ojos y dejo que llegue ese momento inevitable, esa convulsión breve y profunda del placer que atraviesa el cuerpo como un relámpago silencioso. Después llega el silencio, y la respiración vuelve poco a poco a su ritmo lento mientras el cuerpo recompone su calma. Entonces me levanto, recojo las cenizas invisibles que quedan en la habitación, y escribo con ellas, porque incluso la ausencia puede convertirse en palabras.