«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

SIN RESPUESTA

Me has acariciado como a un niño. Lo que en un principio consideré un cándido piropo, a los pocos minutos lo vi como un hiriente menosprecio. Estábamos en nuestro destartalado pub de la calle Hermosilla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a prurito de vulgaridad sucia y pordiosera. ¿Sabes? Eres letal con las comparaciones. Quise mi mejor versión para tu fragante y balsámica piel. Y tú que si un niño mimado. ¡Dios! Y yo, ológrafo de un extrañado y vencido hombre, muerto antes de reconocer cada poro de tu piel. Y tú que qué exudación de ordinariez. Y yo que si un susurro, que si una caricia, que si una invitación. Y tú, palabras sin compromiso. Y yo, que es nuestro recóndito espacio para nuestras confesiones. Y tú que si tus medias de cristal valen más que las consumiciones de este garito. Y yo, escuchimizado y raquítico a tu lado, le pedí al hombre del piano que tocara nuestra canción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. 

CARTA

Quizá algún día leas esto. No es una confesión. No es una declaración. Es solo mi manera de poner orden a lo que sentí por una mujer cuyo nombre no quiero escribir. No porque no lo merezca, sino porque el nombre la encierra, y yo solo quiero quedarme con el misterio. No sé si existió tal como la recuerdo. A veces pienso que fue una luz que me acompañó cuando todo estaba oscuro. Otras veces creo que sí la toqué, que sí estuvo, pero ya no recuerdo su piel. Sea real o inventada, lo que dejó en mí fue verdad: tristeza, alegría, soledad, un amor que nunca llegó a ser, una nostalgia que no sé de dónde viene. Todo eso junto. Todo eso revuelto. A veces me hunde. A veces me salva. 

LA POESÍA

La poesía no se escribe, se escucha como se escucha el mar dentro de una caracola. Vive en libros viejos, en páginas dobladas, en la prosa olvidada que nadie vuelve a leer. Habita en los días iguales, en la lluvia sobre los cristales, en los caminos de tierra, en los recuerdos que vuelven solos. Mi poesía no grita, es una luz encendida en una casa vacía, una voz baja que habla con la memoria. Nace en Madrid, pero camina por Galicia, entre niebla, mar y piedra. Escribo para que el tiempo no borre del todo mi paso.

TU NOMBRE

Hay personas que pasan por la vida como hojas llevadas por el viento; y otras, que sin hacer ruido, dejan raíces profundas en los lugares por los que pasan, aunque se detengan fugazmente. Tú perteneces a estas últimas. Hay algo en tu manera de estar ―esa mezcla de firmeza y delicadeza― que hace, cuando te recuerdo, que el mundo que me rodea se ordene un poco mejor. No necesitas levantar la voz para que te escuchen. No precisas explicar quién eres: se adivina. Tu fuerza no es de piedra, es de río: constante, paciente, inevitable. Y quien te conoce, aunque sea por medio de un nombre escrito en una carta, entiende que hay en ti una claridad que no se aprende, una especie de tranquila sabiduría que no presume, pero que acompaña. Si algún día estas palabras te llegan ―lo veo casi imposible porque no sé dónde estás― quiero que sepas esto: no han sido escritas para impresionarte, sino para honrarte. Porque hay nombres que merecen ser dichos con respeto, y el tuyo es uno de ellos.

TUS OJOS

En tu nombre duerme la noche antigua, esa que conoce los secretos del fuego antes de que tuviera nombre. Llevas en los ojos la memoria de la tierra húmeda, esa que no olvida, ni perdona, ni miente. Cuando caminas, el aire hace un gesto de respeto, como si reconociese en ti una verdad que no se puede explicar porque yo la convertí en mentira. Y yo, que soy un simple eco en el corredor de las sombras, escucho tu paso como quien escucha una promesa que no se atreve a pedir. Si algún día lees estas palabras, que sea de noche, cuando el mundo calla y solo queda lo que es cierto. Porque tú eres una llama que no se apaga, una frontera que no se cruza, una pregunta que no duele. Y ahí, justo ahí, es donde nace lo inmortal. (Poetario) (1994-2026)