«SONMEIGO» (JMMT)

LOS SILENCIOS

Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento. 

MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito ni un canto. Quiero ser sombra tranquila, presencia que permanece cuando todos se han ido. Escribo sin retorno, como quien guarda una carta que nunca será enviada. Por la noche camino por mi casa como por un libro cerrado, y cada habitación es un recuerdo que respira. El silencio no está vacío, está lleno de nombres, de pasos que ya no vuelven, de palabras que no llegaron a decirse. Mi voz en silencio es solo esto: convertir la ausencia en algo que permanezca. 

NOITE DE MANS ABERTAS

Nunha noite de mans abertas pedinche que regresase o noso tempo, aquel de augas quentes, corpos espidos e fermosos soños. Entón palpei o teu excitador peito como un cego o noso último inverno, e como pedras que lapidaban unha vella historia tiven que recoller do chan unha cantidade inxente de estrelas danadas. 

ILUSIÓN NOCTURNA

A ilusión, no amor, é facer e perceptible ao sentido do tacto (desordenado pracer de algodón a túa pel) o saboroso lume que nace ebrio na caluga; e que, tras un espasmo en forma de chama gozosamente excitada, móstrame tanxible na súa sensual man a cinza dun excitante que xamais ardeu en realidade. Todo é un bucle de fantasmagorías que gravitan espidas de realidade nunha nube de pel desaparecida e xamais acariñada. E despois, cando todo sexa unha realidade incorpórea, ti e máis eu poderemos facer dese anhelado soño algo real e pracenteiro. 

Y DALE

Circunloquio de la necedad. Me dices que soy una auténtica mentira. Que he reconstruido un pasado sobre unos cimientos inexistentes. Me dices que yo no tengo ninguna credibilidad, que soy un despojo de un residuo de hemética pasividad. ¿Recuerdas cuando te pedía un compromiso, un simple compromiso? Y tú lo convertiste, influido por esa «magna familia» que presidía todos tus actos, en una exigencia de altar y alianza. ¿Cuántas veces te dije, sincera como el cristalino, que eso era una patraña? ¿Cuántas veces te escribí ríos de tinta argumentando que toda relación debía avanzar para no pudrirse como un charco de aguas estancadas? Y tú, dale que dale, que no te querías comprometer lo más mínimo, que tu libertad era intocable. ¿Recuerdas tus últimas palabras? Las relaciones precipitadas mueren sin remisión. ¿Quién dijo eso?, te espeté. Y tú guardaste silencio. No. Perdón. Repetiste lo de siempre. Y dale, te dije.